Energía nuclear, el sueño que falló
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El enorme poder almacenado en el núcleo atómico, decía entusiasmado el químico Frederick Soddy en 1908, podría "transformar un continente desierto, descongelar los polos helados y convertir al mundo entero en un sonriente Jardín del Edén".
Militarmente, ese poder ha amenazado con lo opuesto, con su habilidad para convertir jardines en desiertos en escalas sin precedentes. Los idealistas esperan que, vestido de civil, pueda restablecer el equilibrio proveyendo una fuente de energía barata, abundante, confiable y segura para los próximos siglos. Pero no ha sido así. Ni parece probable que lo sea en el corto plazo.
Observando la energía nuclear hace 26 años, The Economist señaló que el camino a seguir para una industria nuclear algo moribunda era "construir muchas plantas nucleares y luego acumular, año tras año, un récord de cero muertes, ningún accidente serio y ninguna discusión sobre que el resultado es energía barata". Era una evaluación justa; pero nuestra conclusión de que la industria era "segura como una fábrica de chocolates" fue algo que resultó rehén de la fortuna. Menos de un mes después los reactores de la planta de Chernobyl en Ucrania se salieran de control y explotaron, matando a los trabajadores que estaban en el lugar y a otros que fueron enviados a limpiar luego, desparramando la contaminación por todas partes, dejando una franja de la campaña inhabitable y decenas de miles desterrados de sus hogares. El daño provocado por la radiación sigue sin conocerse al día de hoy; el estrés y la angustia de los desplazados ha sido fácil de ver. Y TÚ, JAPÓN. Luego, 25 años más tarde, cuando pasó suficiente tiempo para que algunos pudieran hablar de un "renacimiento nuclear", ocurrió nuevamente. Los burócratas, políticos e industriales de lo que ha sido llamado el "pueblo nuclear" de Japón no eran burócratas inimputables de un Estado autoritario en decadencia, como los que cargaron con la culpa de Chernobyl; estos tenían responsabilidad frente a los votantes, a los accionistas, a la sociedad. Y de todas formas permitieron que su entusiasmo por el poder nuclear albergara regulaciones débiles, sistemas de seguridad que fallaron y una ignorancia culpable de los riesgos tectónicos que enfrentaban los reactores, proclamando permanentemente con alegría el mito de la seguridad nuclear.
No todas las democracias hacen las cosas tan mal. Pero el poder nuclear está por convertirse menos y menos en una criatura de las democracias. La mayor inversión en él en el horizonte está en China, pero no porque esté apostando en grande a la energía nuclear, sino porque incluso un modesto nivel de interés en una economía tan enorme es grande para los estándares de casi todos los demás. Es probable que el sistema regulatorio de China sea revisado luego de lo de Fukushima. Algunas de sus plantas nuevas son del diseño más moderno, y supuestamente seguro. Pero la seguridad requiere más que buena ingeniería. Requiere regulación independiente y una cultura de seguridad meticulosa y autocrítica que busque permanentemente riesgos que pueda haber pasado por alto. Estas no son cuestiones que China (o Rusia, que también planea construir unas pocas plantas) haya demostrado que pueda proveer.
En cualquier país, la regulación independiente es más difícil cuando la industria que está siendo regulada existe en gran parte gracias al mandato del gobierno. Sin embargo, sin los gobiernos las compañías privadas simplemente no elegirían construir plantas de energía nuclear. Esto es en parte por los riesgos que enfrentan de la oposición local y los cambios en las políticas de gobierno (ver cerrar a las plantas de energía nuclear de Alemania, las que el gobierno hasta ese entonces había visto como seguras, luego de Fukushima, envió un mensaje escalofriante a la industria). Pero sobre todo es porque los reactores son realmente muy caros. Los bajos costos de capital que se afirmó que tendrían los diseños modernos posteriores a Chernobyl no se materializaron. Los pocos reactores nuevos que se están construyendo en Europa están muy por encima de sus ya altos presupuestos. Y en Estados Unidos, hogar del parque nuclear más grande del mundo, el "shale gas" o gas de "arcillas compactas" redujo los costos de una de las alternativas.
ROL SECUNDARIO. Es probable que las plantas nucleares solo sigan existiendo en mercados de electricidad todavía regulados como los del sureste.
Para que la energía nuclear juegue un rol mayor tiene que volverse más barata u otras formas de generar electricidad tienen que volverse más caras. En teoría, la segunda opción parece prometedora: el daño provocado al medioambiente por los combustibles fósiles actualmente no se paga. Ponerle un precio a las emisiones de carbón elevaría los costos de los combustibles fósiles. Durante mucho tiempo hemos argumentado a favor de la introducción de un impuesto al carbono (y la eliminación de los subsidios a la energía). Pero en la práctica los precios del carbono es poco probable que justifiquen la energía nuclear. La propuesta de Gran Bretaña de fijar un piso para el precio del carbono -el equivalente en 2020 a 30 euros (42 dólares) por tonelada a precios del 2009, cerca de cuatro veces el precio actual en el mercado de carbono de Europa- está diseñada para volver suficientemente tentadora la inversión en la construcción de un par de plantas nuevas. Aún así, parece que se van a necesitar otros incentivos. Hay pocos indicios, por ahora, de que un precio suficientemente mayor como para que sea relevante pueda ser fijado y sostenido en alguna parte.
Más allá de si se beneficia del precio del carbono o no, la energía nuclear podría ser más competitiva si fuera más barata. Sin embargo, a pesar de los generosos programas de investigación y desarrollo de los gobiernos que se remontan a décadas atrás, esto no parece probable. La innovación tiende a prosperar cuando muchos diseños pueden competir entre sí, cuando recién llegados pueden entrar al juego fácilmente, cuando la regulación es liviana. Algunas tecnologías de energías renovables cumplen con estos criterios, y como resultado se están volviendo más baratas. Pero no hay una forma obvia para que esto lo logre la energía nuclear. Los proponentes dicen que reactores pequeños, producidos en masa, podrían evitar algunos de los problemas de los gigantes de hoy. Pero para que ocurra una innovación real estos reactores necesitarían un mercado más grande en el que competir entre sí. No existe un mercado de estas características.
La innovación nuclear todavía es posible, pero no va a suceder rápidamente: las ballenas evolucionan más lentamente que las moscas de la fruta. Esto no significa que la energía nuclear va a desaparecer de repente. Los reactores comprados hoy pueden terminar operando hasta en el siglo XXII, y desmantelar reactores bien regulados que ya fueron pagados cuando aún pueden operar por muchos años -como hizo Alemania- tiene poco sentido. Algunos países preocupados por la seguridad de otras fuentes de energía van a seguir construyéndolos, igual que otros países con un ojo puesto, ya sea en la construcción o en conseguir los medios para construir, armas nucleares. Y si los precios de los combustibles fósiles suben y se mantienen altos, por escasez o por impuestos, la energía nuclear puede hechizar de nuevo. Pero la promesa de una transformación global ya no existe.
FUENTE:http://www.elpais.com.uy/suplemento/economiaymercado/energia-nuclear-el-sueno-que-fallo/ecoymer_638782_120430.html



















































